martes, 6 de diciembre de 2011

Stinky stinker



Stinky es mi tejón – honey badger- que he criado desde que llegó a la clínica hace 6 meses ya. Cuando llegó tenía aproximadamente 3 meses de edad y era huérfana (ya no porque yo soy su mamá). Su mamá de verdad fue atropellada por un carro y ella sufrió un golpe que la dejó ciega y con un punto negro característico en el medio de su cabeza. Un alma samaritana la llevó a un veterinario para que chequearan sus heridas externas, pero hasta ahí llegó el dinero con la buena voluntad.

Poco a poco fue recuperando fuerzas pero empezó a estamparse contra pared y pote en el camino. A pesar de la sentencia de mi jefe que ella no volvería a ver, yo tenía uno de esos feelings que ella solo tenía una inflamación o quizás sangre en el ojo que no la dejaba ver, cuando se desinflamara, la posibilidad de ver volvería. Todos me veía con cara de “ajá” cuando yo decía esto pero la verdad me importó muy poco porque aquí he aprendido a guiarme de mi intuición y a oír esa voz interna premonitora que siempre he tenido y a ignorar los demás. Como diría Phoebe, soy vidente y Stinky puede ver. Su ojo izquierdo tiene una personalidad propia pero de que ve, ve.
Después de pelearme durante unos 4 meses con mi jefe, finalmente tiene una jaula afuera durante el día, con una selva y un poco de troncos para escalar. Lo único malo es que tiene de vecinos a otros 2 honey badgers que se la quieren comer.  Ya no vive solo en la clínica, aunque definitivamente ella crea que ella manda ahí. Es el terror de los tobillos y los dedos descubiertos. Pocos la quieren realmente pero todos la respetan.

Todos los días, después del desayuno –como niña malcriada- la cargo hasta su jaula, a unos 200 metros de la clínica a lo que sería el equivalente de su kínder. A medida que ha ganado confianza, he empecé a esconder pollitos muertos o pedazos de carne por todo su kínder. Si es un tejón de verdad, tiene que aprender a guiarse por su sentido del olfato y desenterrar cosas o escalar para conseguirlas. Es la única esperanza que tengo de que algún día podamos soltarla de vuelta en el mundo natural. Cada tanto, cuando la ocasión lo amerita, le doy también una culebra. Le corto la cabeza (algunas son venenosísimas y nos voy a andar corriendo el riesgo de envenenarme sola) y jugamos a que la descabezada se mueve y la ataca. La primera vez Stinky entró en pánico y se refugio en su hueco., cuando finalmente logró comersela creo que se me aguaron los ojos. La primera vez que le di un acure vivo fue una mezcla de sensaciones muy extraña. Sentí que mi papá estaría muy orgulloso porque no soy una tonta green peace que entiende un poco más del ciclo de la vida, por otro, siempre me siento como el ángel de la muerte decidiendo que pobre animalito infeliz va a ser la cena (es horrible) y por otro el otro me muy orgullosa cuando su instinto funciona y ella sabe qué hacer. Ser madre está lleno de contradicciones.


Después de su etapa adolescente de ignorarme completamente y salir corriendo de vuelta a su “cuarto” en la clínica cada vez que veía la puerta abierta, hicimos click otra vez; un día nos vimos y funcionó. Somos un equipo y confiamos en la otra.  Ahora me sigue cuando la llamo y escala los árboles conmigo (con un incentivo de carne roja claro está), en nuestra nueva misión en su proceso de ser un tejón.  


En éste nuevo proceso de compañeras del crimen (porque a veces nos divertimos y salimos a perseguir a los Marabou Storks que no pueden volar bien) empezamos una nueva rutina adelgazante: correr. Todos los días, después de pasear por ahí o aterrorizar a los conejos, hacemos una carrera por el camino que lleva a la clínica. Al principio estábamos muy fuera de forma. Yo siempre gano hasta la puerta de la clínica pero cuando la abro, Stinky aprovecha la ocasión para meterse entre mis piernas y salir corriendo a su cuarto donde la espera su cena. Pilas ¿no?

Dicen que los tejones son no sólo “Africa´s most fearless animal” sino uno de los más inteligentes también. Yo no tengo duda de que ella me manipula como quiere, pero me dejó muy sorprendida el día que tuve prueba de ello. Después de sacarla del kinder, ibamos encaminadas a la clínica. Cuando llegamos al camino de tierra, ella que iba dos pasos adelante mío, se volteó, me miró, gruñó y salió corriendo a la clínica. Me tomó 5 segundos entender que eso fue el equivalente de “en sus marcas, listos, FUERA”. Corrió más rápido que nunca y ¡me costó alcanzarla! Llegamos empatadas a la clínica pero como siempre me ganó una vez que llegamos a la puerta (hay que dejarla ganar, es una punchina). No pude dejar de reírme de la felicidad al entender que nuestra relación funciona explícitamente hacia ambos lados y que ella la disfruta tanto como yo. Un par de días después tuve otra prueba de ello cuando vino a apurruñarme en un mal día (eso de demostrarse débil no le encanta).

Un día un fotógrafo frufru vino a sacarle fotos para un libro de niños. Yo le avisé que iba a ser complicado porque ella no para de moverse (por eso tengo tan pocas fotos buenas de ella). Después de su importante sesión de fotos, se refugió en su casa, agotada y amargada por tanta atención, en el camino se peleó con Bullet, el cheetah.

Esa noche, cuando vi al ranger que acompañó al fotógrafo me dijo: “The guy just reminded me to tell you to send him an email to get those pics, you can tell you really love your badger and you´ve done a great job with her ”.  Y son así, los comentarios más inesperados los que te hacen sonreír