sábado, 22 de diciembre de 2012

Black Mamba.

Sensación de hormigueo en los dedos que se expande rápidamente por mi cuerpo, siento que hay miles de insectos moviéndose bajo mi piel. Empiezo a salivar sin poder controlarlo. Tengo calor, empiezo a sudar y después a chorrear. No me siento tan bien. El mundo me da vueltas. Tengo sueño. No puedo mantener mis ojos abiertos, se niegan. No logro mantenerme de pie. Es como si me hubiera tomado todo el alcohol del mundo. Horizonte ¡deja de moverte!. Me duele el pecho. ¿Tengo un elefante encima?. Creo que estoy alucinando. Tengo que estar alucinando. Estoy muy confundida. No sé que pasa. Mi cuerpo se siente muy pesado. No logro moverme. Hablar es muy difícil. Las palabras sólo salen lentamente. ¡Dolor!.  Todo mi cuerpo se engarrota. Respirar se vuelve cada vez más difícil.

El veneno neurotóxico de una mamba negra ataca el sistema nervioso, la mordida en sí no es dolorosa. Poco a poco la sinapsis deja de ocurrir y nuestros músculos –incluido el corazón- dejan de funcionar. Nuestro cuerpo deja de responder y la conciencia se nos va. De no ser trasladados a un hospital en pocos minutos, la vida se va.

Todo esto pasó por mi cabeza en quizás una fracción de segundo cuando tuve un encuentro muy cercano con la mamba negra más larga que he visto nunca.

En una mañana bastante fría, cuando nos paramos para el break de café del safari matutino, y siguiendo mi modo de ser como una chicharra, decidí ir a “usar” la sabana. De manera inconsciente, de acuerdo a como he aprendido aquí, caminaba con la mirada en alto, escaneando el horizonte, asegurándome que no hubieran leones, rinos o elefantes que quisieran venir a comerme. De repente, y sin motivo alguno, me detuve en seco y voltee la mirada y súbitamente vi al piso. Allí estaba. A menos de un metro de mí, la serpiente más malvada y rápida de África. Mi primer instinto fue decir: “OH SHIT”. Así en inglés, quién sabe por qué. En 2 segundos la mamba empezó a elevarse. Muy lentamente yo empecé a retroceder, a poner distancia entre ella y yo. Todos los ángeles de la guarda decidieron cuidarme y la mamba decidió que yo no estaba ahí para hacerle daño y decidió irse.

Cuando volví a donde mis huéspedes, una de ellos me preguntó: “I saw you stopped over there, what did you see?”. Mi respuesta mientras aún temblaba fue: “Just give me a second”. En ese instante todo el peso de la situación cayó sobre mis hombros. En ese mismo instante yo podría estar pidiéndole a mi tracker que me llevara al lodge porque tenía que ir al hospital por estar en peligro de muerte. Ese fue un encuentro cercano. Muy cercano.

Aprendí mi lección, ahora siempre me fijo en el piso también. No me gustan las mambas

(Gracias Google por la imagen)