martes, 29 de octubre de 2013

Un héroe.

Cuando nos acostumbramos a cosas nuevas, hay manías y hábitos nuevos que desarrollamos. Cosas que se hacen tan naturales que no nos damos cuenta de qué fuera de lugar estamos respecto a nuestra vida previa. Cada noche que creo que oigo un león rugir, me levanto y voy corriendo a una ventana a ver de dónde llaman. Cuando escucho un ladrido, me pregunto donde está el leopardo. Cada vez que veo una hermosa luna llena, le doy gracias a todo por mi vida y pienso que esa noche, al menos un rino, morirá. Cada noche de luz it’s “Poacher’s Moon”.



A la mañana siguiente de una luna así yo me topé con dos rinos. La mayoría de los rinocerontes en la reserva son magníficos. Siempre te dejan acercarte y, a menos que sea Stompie que siempre te carga, no tienen ningún problema contigo. Una mañana no fue así. Los rinos estaban intranquilos. Vocalizando constantemente. Si me acercaba se volteaban y se iban. “Ah vaina” fue lo que pensé. Súbitamente uno de ellos se volteó. Tenia una herida en la sien, por encima del ojo. Habían unas gotas de sangre. Qué raro. Cuando lo vi, y por el comportamiento inusual de mis amigos, pensé que a lo mejor eran dos machos teniendo una pelea. ¿Qué hay de raro en eso?. El herido estaba muy nervioso y no dejaba que el otro se le acercara. “Bueh, mejor dejémoslo así”. 
Al llegar le comenté lo que había visto a nuestro ecologista. Él no le dio mucha importancia. Esa misma tarde Tristan se los consiguió. La herida no era cualquier cosa ya. Mucha sangre y una sustancia espesa salía de la herida. Las cosas no son tan simples. Las alarmas sonaron. Esto huele a sicariato. En los días siguientes estuvo bajo observación. Cualquier ranger que lo viera tendría que reportar su estado y ubicación. Habían sólo suposiciones. Esperanzas que no fuera así.
Finalmente supimos la verdad: alguien se metió en nuestra reserva e intentó asesinar a nuestro rinoceronte. Por algún motivo que nadie conoce, él sobrevivió. Le curamos la herida y el continua con su vida. Ya no sangra. Queda sólo una pequeña cicatriz que vive para contarlo.

Semanas después volvía a ser quien había sido: uno de mis rinocerontes preferidos. Un macho territorial, suficientemente simpático como para dejar que un adolescente disfrutara de su compañía. La única evidencia de su desaventura está ahí sólo para los que sabemos en donde ver. Una cicatriz en la sien, un lado caído. A pesar de ello, el es nuestra estrella. Uno de los pocos que el destino decidió que sobreviviría.



Y porque por sobrevivir, sólo tenemos un nombre para él: Titanio. 
Cómo un héroe.