sábado, 26 de noviembre de 2011

Mi mamá me dio ruedas.


"To live is the rarest thing in the world. Most people exist, that is all."  Oscar  Wilde.

Siempre he sido una persona independiente. No soy el ser más cariñoso del mundo y definitivamente tengo problemas para poner en palabras mis sentimientos mejor guardados. Creo que ello (lo independiente) se debe al hecho de haber tenido padres jóvenes, un poco inconscientes y nada apachungones. En base a esta personalidad independiente he desarrollado un cierto amor por el manejo (aparte el entrenamiento de vida de viajes terrestres milenarios). Millones de veces, especialmente en mis momentos más vulnerables, agarré mi carro y manejé sin rumbo por las calles de Caracas con la música de mi ipod verde como mi única compañera. Sale más barato que ir a un psiquiatra (además que no necesito una opinión profesional que me recalque que tengo problemas).

Bajo este arreste domiciliario en el que vivo, mi mamá – generosa como pocas- me alquiló un carro por 21 días. Recibí un email filosófico que terminó con un tajante “y aquí está la reserva del carro, ve a buscarlo y vete a manejar”. “Ma, gracias pero no lo quiero”. “No te di la opción”. “Qué no lo quiero!”. “Perdí la plata entonces”. Cabeza dura siempre. Ella no lo sabe, pero le cerré la conversación de bbm en su cara. Testaruda. Al día siguiente fui a buscar mi carro. Se respira tecnología. 240Km/h y 6 velocidades. “Coño. NO corras” – dijo mi madre en tono arrepentido cuando le di la noticias. “Tuki mami” Muajajaja. La verdad que después de que varios me advirtieran sobre la velocidad, el acelerador de mi consciencia no quiso ir muy rápido por miedo al “típico” que me iba a pasar (el auto condicionamiento supersticioso es una vaina). Fui de vuelta a mi casa con un búho herido que recogí en el camino. Íbamos los dos en perfecta sintonía escuchando música clásica y tarareando, pensando en lo buena que puede ser la vida.

Dos días después, en uno de esos días malos, precedido por otros tantos peores, decidí hacer uso completo de mis ruedas. Decidí ir a Nelspruit, a refugiarme en otro hogar y salir de aquí antes de morir asfixiada. Acompañada fugazmente por una conversación de bbm con alguien que me hace pensar que todavía queda gente interesante en Caracas, manejando sincrónico por la izquierda y en la lluvia, disfruté al máximo mi momento de soledad. Como dijo Celia, las penas se van cantando y 2 horas de manejo se me hicieron deliciosas. Fui acompañada en el camino de todos mis pensamientos, de mi música y por ese par de amigos que me imaginaba ahí conmigo. No los invisibles, los de Caracas. Gustavo e Isa habrían sido ideales para todas las reflexiones que salieron cuando veía las “locations” (palabra que designa pueblos de habitantes negros). Ricky venía a mi cabeza cada vez que metía 6ta. Sorelia y mi familia de Casanarito cada vez que pensaba en lo mucho que me hace falta mi llano, con ese olor suyo tan particular que te llena los pulmones de alegría. Mi tía y los Zulus cada vez que maldije a Chávez cuando comparaba las vías africanas a las gringas. Pensé en tantas cosas no conexas que por un momento me sentí el Ulysses de James Joyce y después me burlé sola de mí misma por ser tan galla, Vane se habría reído mucho también.

Hubo sin embargo un cierto incidente en el camino... Casi me arrestan por pasarme 2 señales de “Pare” mientras hablaba por celular tratando de pedir direcciones. No es mi culpa, yo aprendí a no respetarlas en Caracas, la ciudad del caos. Mamá, no te histerices cuando leas esto, era mejor no contártelo en el momento, te quiero. El oficial me acusó de “reckless driving”. En mi defensa creo que reckless es una palabra demasiado grande para mi manejo, además que es mentira, no iba ni rápido porque andaba pendiente de no pelarme el cruce a la derecha. Yo apliqué la de catira tonta y pude salir ilesa. Mamá ¿te dije que soy tu única hija y que tienes que quererme siempre incondicionalmente? Está en tu contrato de madre.


Llegué a Nelspruit a las 730pm. Laura me llamó pequeña amenaza y Jan me dijo que era una estúpida, yo sé que eran insultos de amor. De ahí fui a comer. Comí sushi en un centro comercial. El sentimiento de tecnología y modernidad que tuve fue casi patético, todo por pescado con arroz. ¡Civilización te extraño!  Me levanté a las 4am para volver a mi centro. Una hora y media después, a pesar de los esfuerzos de la niebla, estaba de vuelta en mi encierro pero con un sentimiento infantil de victoria, de haberme podido escapar de aquí una noche y recordar lo que bien que se siente estar solos y ser libres.